Margarita y el yonki Rodolfo

















No tuve más remedio que enamorarme de ella. Cuando la conocí, me explicó que no se creía eso de la realidad, porque lo que llamamos realidad está dos veces al revés. Me explicó algo así como que las cosas nos entran en los ojos al revés y que luego el cerebro les vuelve a dar la vuelta. Una vuelta completa, ¿te das cuenta?, completamente descolocado. Siempre me contaba cosas así, unas veces las entendía y otras no, pero siempre se esforzaba mucho para que yo las entendiera. Había sido profesora en la República, antes de Franco. Era muy lista.




Por entonces yo hacía mis negocios en el Retiro y allí estaba siempre ella, sentada en un banco. Me explicó que se aburría en su casa, que quedarse entre cuatro paredes era como estar ya muerta. Un día me preguntó qué hacía. Al principio creí que no era más que otra vieja que me iba soltar un sermón, así que la mandé a la mierda. Pero tenía unos ojos muy bonitos, muy claros, pero muy cansados y un poco tristes, así que me senté con ella. No sé qué se me pasó por la cabeza, pero me dio confianza, no sé. A mí me impresionaba mucho todo lo que sabía sobre tantas cosas. Yo voy de listo, de tío que se las sabe todas, pero en realidad soy un ignorante, pero con ella me daba igual.
Empezamos a hablar todas las mañanas. A mí me venía muy bien, porque la gente que quería pillar me seguía encontrando más o menos en el mismo sitio y, si aparecían los pitufos, Margarita les decía que yo era su sobrino y que la estaba cuidando. Y ella, pues tenía compañía, alguien con quien hablar, porque no veas si le gustaba hablar. Era muy graciosa y muy divertida y sólo una vez me preguntó por esto. Yo no le di explicaciones, se lo conté y ya está, y ella nunca dijo nada, ni bien ni mal. Por lo visto, ella estuvo casada y su marido era alcohólico. Había muerto hacía muchos años.
Traía una fruta también para mí. Aunque yo no tengo hambre casi nunca, me gustaba que la trajera para mí. Nos lo pasábamos bien. Ella era la que me contaba cosas, pero también le hacía mucha gracia escucharme. Era por mi forma de expresarme, decía; ahora con los libros y eso, he mejorado bastante, pero entonces...


Fue una mañana que me desperté detrás de unos contenedores de basura. Era ya tarde, mediodía o por ahí, y lo primero que me vino a la cabeza cuando abrí los ojos fue Margarita. Me pregunté si aún me daba tiempo a verla, porque ella se volvía a casa como a las dos. Y mientras iba corriendo para la boca del metro, iba pensando, -pero con una angustia, no veas-, si llegaría a tiempo. Ni siquiera me fijé que había dos seguratas al lado cuando salté el torno. No me pillaron de milagro. Y cuando ya estaba dentro del vagón, echando los pulmones por la boca, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la puerta, lo vi claro, claro como que tú y yo estamos aquí: me había enamorado de Margarita.


Me entraron las dudas. Margarita era mayor que yo, como cincuenta años. Esto me acobardó un poco. Mi familia no era problema, mi madre no quería saber nada de mí, pero ¿y su familia? Pero pensé que era algo sólo entre nosotros; nuestra historia y de nadie más. Margarita y Rodolfo, y nadie más. Pero, claro, ¿me quería ella? Nos lo pasábamos muy bien, estábamos muy solos, pero... No estaba seguro, Margarita tenía cataratas, así que a lo mejor no se había dado cuenta de que ya se me estaban empezando a caer los dientes. En estas estaba mientras salía del metro. Y mientras entraba en el parque y llegaba a nuestro banco. Pero cuando la encontré, sentada donde siempre, se me fueron de un porrazo todas las dudas. “Te estaba esperando”, me dijo. Me senté a su lado y le di un beso en la cara. Olía mucho a pis. No sabía si me había meado yo encima o si me había meado algún perro. La verdad es que me daba igual y, con unas fuerzas que no sé de dónde me salían, la besé en la boca. Fue un poco extraño, porque la dentadura postiza se le movía un poco y su aliento sabía peor que el mío. Pero no se quitó y fue precioso. Margarita también me quería. No me lo dijo, pero se lo vi en los ojos. Fue una sensación cojonuda, como con el primer pico. Nos quedamos abrazados un buen rato. Fueron semanas preciosas. Las recuerdo como las mejores de mi vida. Nos veíamos en el parque. Seguíamos charlando, paseando, como cualquier pareja. Margarita empezó a traer libros para que yo se los leyera, porque decía que lo más desesperante de ser vieja era no poder leer; enseguida se le cansaban los ojos y lo tenía que dejar. Y yo también le fui cogiendo el gusto.


Quería darme dinero para que no tuviera que pasar y así pudiera estar más tiempo con ella. No lo acepté, sabía perfectamente que ella tampoco tenía mucho. Pero no me importó que me comprara las jeringuillas. Eso estaba bien, era un detalle bonito y no era como mantenerme. Acabábamos de empezar y, claro, pues nos dábamos besos, nos abrazábamos; nos enrollábamos, vaya. Como la gente nos miraba con cara de asco, tuvimos que buscar un sitio apartado. Uno de esos días, yo estaba tumbado con la cabeza sobre sus piernas y ella me acariciaba el pelo. Me dijo que aquello ya era una relación, que teníamos que dar un paso y ya era el momento. A mí lo de la relación no me preocupaba, lo de dar pasos y eso; estaba enamorado. Por supuesto, le respondí que sí, sin dudarlo, aunque no tenía muy claro cómo iba a reaccionar; Margarita tenía por lo menos 80 años.
Nos fuimos a su casa. Vivía sola en un piso en Vallecas, muy cerca de la avenida de la Albufera. Cenamos y bebimos vino. La verdad es que era la situación ideal. Todo muy romántico, muy bonito. Realmente tenía muchas ganas de hacerlo, aunque en el fondo igual era sólo porque no quería perderla. Por lo que fuera, pero estaba decidido. Lo que pasa es que cuando la vi desnuda en la cama, esperándome, no pude. No sabría explicar muy bien lo que me pasó, sólo me acuerdo de la sensación en la garganta, y sus tobillos hinchados. No estaba preparado. Me encerré en el baño y lloré. Me imaginé volver a mi vida sin Margarita y me empezó a doler todo, peor que con el mono. Dolor en las rodillas, en los brazos, en el cuello. Así que saqué una cosa que me había dado un colega que trabajaba en la farmacia de un hospital y me la tomé. No sé qué era, el caso es que volví a salir, le pedí perdón a Margarita y del resto no me acuerdo mucho. Creo que cumplí bastante bien.



A partir de entonces todo se empezó a mezclar con la rutina, aunque eso no me importaba. Yo trabajaba por las mañanas, sentado con ella en el parque. A la hora de comer nos íbamos a su casa. Leíamos, veíamos la tele, lo normal. Luego yo me iba a pillar. Algunas veces volvía por la noche, pero la mayoría no. Yo seguía muy a gusto, pero Margarita siempre quería dar más pasos. Decía que con su edad, no avanzar es como morirse. Me dijo que viviéramos juntos, quiero decir, que me fuera a vivir a su casa. Fue la primera vez que discutimos. Tenía claro mi amor por ella, pero era joven, no quería atarme haciendo algo así. Ella insistió y acepté por fin que me diera una copia de las llaves del piso. No pude hacer otra; nunca soporté verla llorar. Fue un grave error; no estaba preparado.

Habían pillado un alijo enorme y nadie tenía para pasar, y lo poco que encontrábamos, era a precios imposibles hasta para los ricos. Fue una época muy mala. No tenía dinero y nadie me fiaba, debía un montón y ya me habían dado una paliza de aviso. Un montón de veces llegué a casa de Margarita hecho un cromo, sangrando. Nunca hizo preguntas. Yo me tumbaba en el suelo del baño y ella me limpiaba las heridas. Mirando al techo, la escuchaba tararear. Me tranquilizaba y olvidaba mis deudas un rato. Hace poco escuché en la radio la música que canturreaba Margarita. Sevilla tuvo que ser, con su lunita plateada... Yo estaba muy enfermo, necesitaba pillar y nadie me vendía si no pagaba antes mis deudas, eso contando con que no me matasen. Eran muchas pelas... Y lo hice, así, sin más. La tele, la lavadora, el horno, todos los muebles, hasta el lavabo, el retrete y los quemadores de la cocina. Margarita me miraba mientras me lo llevaba. Tampoco protestó, pero me pidió que no volviera nunca más. Como siempre, me lo dijo con los ojos. Dejó de ir al parque y yo conseguí salir del paso; pagué mis deudas y me llegó para comprar lo suficiente para unos días.

Esta parte es borrosa, no sé cuánto tiempo habría pasado. El caso es que me desperté detrás de unos contenedores de basura. Como la otra vez, ¿te das cuenta? No sé cómo, pero se me despejó la mente por primera vez en mucho tiempo y me vino a la cabeza la imagen de Margarita. Comprendí lo que le había hecho y vomité.
La esperaba cada mañana en nuestro banco y nunca apareció. Empecé a llevar mal el negocio. Discutía con los chavales que venían a comprar, me llegué a pegar con alguno. Estaba descentrado, quería ir a buscarla, pero no me atrevía. Llamé una vez por teléfono. Lo cogió una mujer que no era Margarita y colgué. No me lo quitaba de la cabeza: volver a verla, pedirle perdón. Me presenté en su casa. El portal estaba abierto, así que subí hasta la puerta. Todavía tenía las llaves, pero no las usé; llamé al timbre. Una mujer de unos 50 años me abrió la puerta. Supongo que me reconoció, porque me dio un bofetón con todas sus fuerzas. Eché el brazo para atrás para darle un puñetazo, pero a su espalda, apoyada en el marco de una puerta, estaba Margarita. “¡Margarita!”, grité, “tengo que hablar contigo”. Bajó la mirada al suelo y no me respondió. “¿No la has hecho ya bastante daño?”, me dijo la mujer, que resulta que era su hija. “Escúchame, Margarita, te quiero”, gritaba yo, pero ella sólo me miraba con sus ojos claros y tristes. Su hija me dijo que se la llevaba lejos, donde no pudiera encontrarla, que no me molestara en volver por allí y cerró dando un portazo. Le di patadas a la puerta, grité y después me quedé sentado hasta que llegaron los municipales y me echaron a hostias.

Estaba hundido. El negocio ya se me había ido al carajo y sólo me quedaba ratear por ahí. Meterme en los bares y llevarme cualquier cosa al despiste. Yo qué sé, la cartera, el bolso, un walkman, lo que fuera. También di algunos palos a chavalillos, pero nada. Con los blancos más fáciles, los bolsos de las viejas, no pude hacerlo nunca. No sé..., no podía. Deambulaba por las calles mendigando; me importaba todo muy poco ya. Llegó el invierno y empezó a hacer mucho frío. Encontré un perro que me daba calor por las noches y un buen sitio para dormir en un soportal cerca de Moncloa. Los vecinos intentaron echarme. Me gritaban, me insultaban, llamaban a la policía. Como no me iba, al final acabaron dándome una paliza. Capté el mensaje y me fui.

Estaba tirado, en la puta calle, y me acordé que aún tenía las llaves del piso de Margarita. Tenía mucho frío y mucho miedo a que me dieran más palizas, así que me fui para allá. Enchufé dos radiadores eléctricos en la habitación y me dormí. Unas horas, dos días, ni idea. Cuando desperté vi un papel arrugado sobre la mesilla. Estaba escrito con la letra redondeada y elegante de Margarita. Mi hija me lleva a Andorra. No sé si todavía me quieres. Ni siquiera sé por qué estoy escribiendo esto. Lloré durante un buen rato y, aún sin saber muy bien lo que estaba haciendo, me quité la ropa vieja y sucia que llevaba y me puse otra que encontré en el armario. Me quedaba muy grande, su marido debió ser un hombre gordo. Salí a la calle y busqué un coche que tuviera el depósito lleno.

Cambié la radio del coche por provisiones para el viaje y me puse en camino. Creo que paré unas cuantas veces y que me perdí, pero llegué. Andorra no es muy grande, apenas una calle. No tenía ni idea de por dónde empezar a buscarla, así que pregunté en un montón de tiendas. Nadie sabía decirme dónde estaba Margarita. Quizá habría sido más fácil si hubiera sabido su apellido. Me recorrí todos los alrededores, y nada. Estaba ya a punto de volverme para Madrid cuando la vi. Iba con su hija por la calle principal. Llevaban unas bolsas de plástico. No sabía qué hacer, su hija probablemente volvería a pegarme. Entonces, no sé por qué, pité. Y otra vez, más tiempo. Su hija no me reconoció; Margarita sí. Le vi en los ojos perfectamente que estaba feliz de verme. Margarita hizo un gesto, señalando una tienda. Su hija dijo que sí con la cabeza y entró. Ella no. Soltó las bolsas de plástico y vino hacia mí corriendo (bueno, lo más rápido que pudo). Entró en el coche y me besó. Su hija, que ya había salido de la tienda, nos vio y empezó a gritar como una loca. Corrió hacia el coche, pero nosotros ya estábamos lejos.
Cerca de Zaragoza, cogimos una habitación en un hostal. Hicimos el amor. No llevaba las pastillas, pero no hicieron falta.






















Johnny Caracartón
Ilustraciones de Clara Simon Philips

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo también me he enamorado de Margarita

Ana dijo...

Que tal historia, me ha recordado a Harold y Maude.

Maldito Columpio dijo...

Sí, amor intergeneracional en el parque :D

Anónimo dijo...

Precioso cuento lleno de ternura y soledad.